Mariano Urraco Solanilla.
Universidad Complutense de Madrid.
La sociología de la juventud tiene, en su nacimiento, una indisociable (y obvia, por otra parte) relación con el propio concepto de “juventud”, a cuya evolución histórica responde en cierta forma, y del que nos ocuparemos en el primer apartado de este artículo. De forma general, podemos señalar los primeros trabajos de Allerbeck y Rosenmayr (1977) o Galland (1984, 1991), por citar sólo algunos, como germinales en la configuración de esta rama de la sociología, que posteriormente alcanzaría un cierto auge, sobre todo en temas más cercanos a lo psicosocial (identidad, procesos de socialización, etc.), que a lo antropológico; más en el plano de cuantificación de los fenómenos implicados que en el del análisis cualititativo de las dinámicas subyacentes a los mismos. En España, con cierto retraso, esta línea de investigación adquiere carta de autoridad a partir de la puesta en marcha de estudios que, bajo la forma de encuesta de opinión y actitudes, pretenden acercarse al conocimiento de ese nuevo actor social que la historia ha ido configurando: el joven, cuyo espacio irá, como veremos a continuación, creciendo a lo largo de las décadas subsiguientes.
1. Breves instantáneas históricas acerca del concepto de “juventud”.
La “juventud” no ha existido siempre. Esta primera aseveración debe servirnos para iniciar el recorrido histórico que ha ido configurando este fenómeno (que después, siguiendo una formulación propia, entre otros, del profesor Alvira, se convertirá en problema), frente a la concepción ingenua que tomaría esta categoría etánea como un universal cuasi-natural. Hasta fechas relativamente recientes en la historia de la humanidad, la juventud no existió como tal, observándose un tránsito sin solución de continuidad (frecuentemente mediado por algún tipo de rito de paso) entre la niñez y la adultez. Los propios aspectos demográficos que atañen a las distintas sociedades humanas han de ser tomados en consideración en este punto, como factor que puede estar (que está) en la base de los sucesivos cambios en la ordenación de los tiempos sociales (y los tiempos biográficos como parte indisociable de los anteriores).
El recorrido histórico ha de comenzar por los “rudimentos de una categoría social llamada juventud” (Allerbeck y Rosenmayr, 1979:158) en la antigüedad y la Edad Media europeas, categorías que tienen vinculadas una serie de imágenes correspondientes y cambiantes.
Empezaremos el recorrido por la antigüedad griega, por la indeleble herencia dejada para la configuración de “nuestras” sociedades. Así, la juventud aparece vinculada a la idea aristotélica de “término medio” o “punto medio”, como mediodía entre la mañana y la tarde, como momento de plenitud (el medio siempre considerado como elemento de equilibrio, fuente de virtud, frente a los denostados extremos que degeneran en vicio). No obstante, en su Retórica, el propio Aristóteles empezaba situando la juventud como el extremo inferior (por contrario a “los ancianos”, que son “desconfiados y maliciosos, porque están desilusionados y han sido humillados por la vida (…) son cobardes y siempre temen lo peor. Todo lo consideran desde el punto de vista de su utilidad”), si bien posteriormente esta posición marginal (por cuanto está en el margen de la vida) será progresivamente ocupada por los niños, al tiempo que la categoría de joven va engullendo la de “mediana edad”, concepto en su propia formulación tan propio de la tradición griega. En cualquier caso, la juventud ya era considerada por los griegos pre-clásicos, cuyo enfoque etológico se remonta al siglo octavo antes de Cristo, siendo el fundamento de la más antigua división de la vida en diez heptómadas.
Posteriormente, el desarrollo alcanzado por las incipientes ciudades-estado griegas dará un impulso definitivo a la configuración de una etapa de la vida marcada por un “paréntesis” durante el cual la educación, en tanto formación de ciudadanos (en el marco de la democracia participativa de la época), requería un período vital consagrado a tal efecto. Ahora hablamos de “paideia”, y señalamos que en este momento la juventud empieza a aparecer como depositaria de un discurso determinado, es decir, marcada más por una forma cultural (de difusión de nuevas ideas, de cultivo de determinadas formas físicas o expresiones artísticas) que por un período etáneo.
Mucho más trascendente para la historia posterior ha sido la imagen que los romanos tenían del hombre joven. Para los griegos (dejemos fuera en este punto la organización social de Esparta, por sus ciertos elementos idiosincrásicos singulares) el joven estaba inmerso en una (ciertamente idealizada, por lo demás) comunidad en la que los principios claves eran la amistad (el eros) y la educación (la señalada paideia). El sistema romano, más centrado en las unidades familiares que en la comunidad asamblearia (se imposibilita la relación “indigna” entre mentores y jóvenes, la relación es mucho más asimétrica: es la madre primero y el padre después quienes se encargan de la educación del menor), cargan al joven de responsabilidades y obligaciones, y
aprovechan al máximo su vigor y su cierta “ingenuidad vital” para fines militares. Precisamente será la fortaleza militar la que mantenga esta representación a lo largo (en lo geográfico y en lo temporal) del Imperio, sustrato “común” (con las necesarias reservas al generalizar una situación necesariamente dispar) del Occidente posterior; representación (y militarismo) que serán recobradas mucho después en la Historia, como veremos. Posteriormente, la Edad Media supone ya el reconocimiento expreso de un período vital marcado por el adolecimiento.
“De propietarios del futuro a prisioneros del presente”, titula un apartado de su artículo Lozano (1994: 37), refiriéndose a los jóvenes. Volviendo al texto, tres son las instituciones que Allerbeck y Rosenmayr (1979: 164) señalan como fundamentales para el fenómeno de la juventud en el mundo medieval: la caballería (el joven como escudero), la universidad (el joven como estudiante), y el gremio (el joven como aprendiz).
Las tres instituciones marcan un rito de paso, temporalmente prolongado (el “paso” no es un momento puntual, como podría pensarse), que da acceso a la madurez, alcanzada la cual la autoridad “afloja” su lazo sobre el joven, que entra ahora a ser “hombre”. Observamos en todo esto un proceso marcadamente normativizado de reproducción social, en el cual los jóvenes sólo dejan de serlo cuando adquieren la aprobación de los mayores, que los acogen y les encomiendan la (con) formación de otros jóvenes.
El Renacimiento supondrá un retorno a la valoración (siempre idealizada) de la juventud de la antigüedad clásica. Obviamente, hablar aquí de juventud atendiendo a consideraciones meramente etáneas es, como dirán repetidamente Allerbeck y Rosenmayr, una forma de desviar la atención de otra serie de procesos que están operando poderosamente, en la base de la estratificación social9. La historia de los jóvenes durante este período está muy determinada por las fronteras sociales (de status, educativas, etc.) que les separan en el interior del heterógeneo grupo definido por unos límites de edad difusos. En cualquier caso, las epidemias, las guerras endémicas, y diversos problemas de salud pública, hacen que sean muchas las personas que mueren antes de alcanzar siquiera los veinte años, marcando por lo tanto la juventud (o la infancia) como una especie de período maldito del cual se anhela escapar lo antes posible ante las probabilidades de morir que parecen ser mayores en esas etapas de la vida.
La era preindustrial, reflejada magistralmente por Gillis (1974) en su Youth and History10, nos presenta a un joven que, pese a su menor desarrollo físico con respecto a la actualidad (retrasos sensibles en la entrada en la pubertad, o en la menarquía, aparte de diversas carencias alimentarias o sanitarias), vive una situación de semi-independencia desde edades mucho más tempranas (¿a vueltas con la emancipación? Debate omnipresente en nuestros días). En aquella época, la no extensión todavía de un sistema educativo “nacional”, junto a la propia constitución social del trabajo, conducen a un escenario de falta de alternativas, que hace que los niños comiencen a desempeñar tareas laborales desde muy pequeños. A esto hay que sumarle la práctica común de emplear a los niños en todo tipo de tareas en casas ajenas a la suya propia: abandonando a los padres a la edad de 8 o 9 años, los hijos empiezan un período de semi-dependencia que se prolongará hasta el momento en que contraigan matrimonio y se conviertan en pater familias a su vez. A ese intervalo temporal es a lo que entonces se denominaba juventud11. Es un lapso, por lo tanto, más marcado por cuestiones “sociales” que biológicas, en el que el joven, no obstante, pese a comportarse prácticamente como un adulto (“les visten como pequeños adultos”, incluso: la vestimenta es siempre material –data- de interés para el analista social), mantendrá una posición subordinada hasta que se convierta en householder, hasta que se convierta en un adulto y ejerza como tal: “Se les recuerda constantemente su semidependencia en base a su inferior status en lo económico, social y legal, en una sociedad en la cual los plenos derechos estaban reservados fundamentalmente a los cabezas de familia y a otros maestros artesanos y de otras jerarquías corporativas”.
La Industrialización marcará un nuevo giro de tuerca a la situación de los jóvenes, obligados (mediante las enclosures y otras fórmulas coercitivas al uso) al trabajo manual en la incipiente industria. La duración del ciclo vital se alarga ante las paulatinas mejoras de salud pública, al tiempo que disminuye la mortalidad, pero el trabajo industrial absorberá todas esas mejoras en una prolongación de la explotación (calculada, como después reflejará el propio Marx) del trabajador. El joven, considerado en su plenitud física, se constituye en el principal motor de la industria, que no le demanda especialización o maestría, y que sólo le exige su fuerza física (que no intelectual): trabajo embrutecedor, en los términos de Engels. Hablar de “joven”, no obstante, es un ejercicio cuando menos cuestionable, pues más que en términos de edad, se debería hablar en términos de estado físico, independientemente de aquélla, aunque se presume que ciertamente vinculado (de nuevo, los problemas de definición, de acotación del término “juventud”). Las viejas estructuras artesanales caen aplastadas bajo los caballos de vapor, y la ordenación social basada en estadios cede el paso a una nueva forma de dominación, fundamentada en la propiedad. El joven como mano de obra, sin tiempo más que para reproducirse en aras de mantener un orden social alienante y degenerativo.
El progresivo avance de la industria conduce a la primera gran conflagración bélica considerada por la Historia: la denominada Primera Guerra Mundial. A la salida de aquella cruenta experiencia, esencialmente europea, la noción de joven va a experimentar un cambio radical, en el marco de los fascismos incipientes que acabarán con las democracias del período de entreguerras. La guerra es vista como una sangría (innecesaria) de jóvenes provocada por los errores de los viejos, de los que no están a la altura de los tiempos (que pronto serán “nuevos”). “Juventud, juventud, ¡primavera de belleza! Por la vida y la ebriedad ¡tu canto resuena y va”, decía el canto fascista, exaltando las bondades de una etapa vital marcada por el heroísmo, el desinterés y la belleza: “el joven posee un alma de héroe”, se podía leer en la revista del Movimiento: Gioventú Fascista. Mussolini (“el más joven de todos nosotros” consideraba la juventud (y aun la infancia) como el símbolo del fascismo (la “eterna juventud del fascismo”), la imagen del homo novus preconizado, heredero no obstante de un pasado glorioso16: “El Fascismo es juventud y, por tanto, belleza, pasión y armonía. Será, evidentemente, la imagen del efebo atlético y vigoroso, armoniosamente dotado de belleza y de juventud, a quien le corresponderá simbolizar al homo novus del fascismo, o más exactamente, al mismo fascismo.
Este hombre –joven y con hermosas cualidades- que tiene el paso seguro y la mirada directa, se llama el Italiano de Mussolini. Vosotros lo divisáis a cien metros de distancia, con un gran aplomo, enfundado en su uniforme negro, que es la señal externa de su fe (…). A la estética personal le corresponde una ética del atuendo” (Malvano, 1996: 315). La juventud como caldo de cultivo del fascismo, y como sustrato del mismo: violentos por jóvenes, por inexpertos, por impetuosos… por heroicos y amantes de la Madre patria. Fascismo que se extenderá, aprovechando el mito de Balilla, a los propios niños, marcando una diferencia en función del sexo general al conjunto de la sociedad: los niños habrán de entrenarse (las ideas de disciplina y competición, que hacen del deporte un sustento importante del régimen) para ser futuros guerreros: decididos y obedientes; mientras que las niñas habrán de prepararse para convertirse en madres (“lobas romanas”), en el seno de una política demográfica imperial que canta las bondades de una “tierra más allá del mar” que espera las “camadas” de jóvenes familias fascistas.
El Tercer Reich, pese a integrar algunas aportaciones de sus compañeros italianos, y apreciar la estética
impuesta por estos, introducía algunas particularidades en lo que al proyecto para los jóvenes atañía. El papel reconocido a la familia por el fascismo italiano es asumido por el Estado en el nacionalsocialismo alemán, encargado de la educación de los jóvenes y que “explotaba al máximo las tensiones familiares”, creando conflictos intergeneracionales o aprovechándolos en el interior de las familias. El partido nazi, tras tomar el mo-
nopolio de la educación con el fin de formar al “Hombre Nuevo” (racista, sobre todo, a partir del how to do redactado en el programático Mein Kampf de Hitler), se arrogará la única autoridad sobre los jóvenes, constituyendo al Führer en padre amoroso de todos los niños arios, que deberán jurarle voluntad y construir su ética a partir de la idea de “utilidad para el Führer”. Hablamos de una educación marcadamente militar, que se extendía de forma totalizadora al conjunto global de la vida del individuo. Al igual que en el caso italiano, la división de las funciones por género era radical, y la eugenesia alcanzaba niveles extraordinarios bajo la idea de “dar un hijo al Führer”, un hijo orgullosamente “nacido para morir por Alemania”, en la línea de una eliminación total de la individualidad y la familia, la idea del “material humano” (Menschmaterial), tras la que subyace, como siempre, la noción de raza. Esta educación, recibida en las sucesivas escuelas, tiene por objeto fundamental acabar con la libertad de los jóvenes, reglando todas las esferas de su vida, retirando así cualquier responsabilidad que no fuera la de servir al Führer (“responder al deseo del Führer”, era la fórmula empleada), es decir, “servilizar e infantilizar a un pueblo entero, con el fin de que se conservase eternamente joven”20, pues la juventud es belleza, es una actitud (Haltung), un comportamiento, una forma de espíritu (como el Arte, “eternamente joven” en palabras del idolatrado Wagner). “¡Dejad paso, viejos!”, “¡Largaos, viejos”, eran consignas frecuentes en los discursos nazis: “Sólo lo que es eternamente joven tiene un lugar en nuestra Alemania” (citado en Michaud, 1996:349), pero es una juventud de espíritu, actitudinal, tal y como también puede haber arios de apariencia que resulten judíos de espíritu y, por tanto, la vigilancia ha de ser continua (la denuncia, obviamente, también). Joven es el portador de una “idea nueva”, encarnada en el Führer, y por la que se ha de estar dispuesto a morir: “soldados de una idea”, se titulaba este capítulo del libro de Levi y Schmitt.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la idea que predominará será la de “reformar mediante la educación”, papel educador (o civilizador) que se arrogarán los Estados Unidos de América, en un revival de la idea de que la sabiduría conduce a la virtud, pretendidamente sustentada en la propia historia de los sistemas educativos (que conducían al vicio) en Alemania e Italia. Los jóvenes, así, son nuevamente tomados como peligrosas cabezas vacías, que sólo mediante una formación responsable en los valores indicados pueden llegar algún día a heredar la responsabilidad (y “la tierra”) que les habrá de corresponder, siempre en un horizonte futuro.
La recuperación económica de Occidente, y la pretendida mejora progresiva del resto de áreas, en un proceso internacionalizador del capitalismo (tendente a la postindustrialización), va a ir configurando a la juventud como agente, sobre todo, de consumo. El consumo aparece como panacea de todas las frustraciones de los jóvenes. El american way of life, el estilo de vida de los triunfadores21, se implanta con “otras formas de violencia”, más sibilinas en las ruinas de Europa, pretendida “Cuna de la Historia y del mundo actual”. Desde entonces, la mano invisible que mece el capitalismo va a ir fragmentando la sociedad, propiciando divisiones en cualesquiera ámbitos en aras de crear más y más mercados para un número creciente de productos. La “nueva” división juvenil no respondería, así, más que a una estudiada estrategia de marketing que habría de derivar después en sucesivas sub-fragmentaciones en el interior de ese grupo, creado ex novo por el sistema capitalista. Los mercados se van fragmentando y la saturación de productos sigue buscando nuevos nichos en los que colocarse. La adolescencia se pasa a configurar como nueva etapa vital (con otros gustos, otros intereses, otras culturas…), esto es, como nueva etapa de consumo. La juventud, las juventudes, alcanzan los albores del siglo XXI en un contexto en que ya no se les exhorta por una idea, en términos “históricos”, sino por un ideal mucho más cotidiano: la identidad se construye a través del consumo. El joven ya no es sujeto del cambio social, a no ser que el cambio se entienda como sucesión en los productos o aun en la forma de consumir. ¿Es este el fin de la Historia y, con él, de esa anciana noción: la juventud?
2. Sociología y juventud: “Sociología de la juventud”.
Trataremos, ahora, de sentar las bases históricas que han dado origen a lo que hoy se conoce como “Sociología de la juventud”, en tanto especialidad dentro de la reflexión sociológica. El recorrido que seguiremos, con la inevitable selección de autores y momentos que todo recorrido lleva asociada, es el propuesto por Martín Criado (1998) en el primer capítulo del texto que constituye su tesis doctoral23, quizás el texto más destacado en cuanto a Sociología de la juventud producido en España, dejando claro, como hace el propio autor, que este recorrido que aquí planteamos es sólo “uno entre los posibles” (en la línea de la crítica a la pretendida objetividad científica de este tipo de narraciones que acercan al lector a un falaz verdad).
Los antecedentes de la Sociología de la juventud.
A partir de la década de los veinte del siglo pasado, una corriente de pensamiento, cuyos máximos representantes pasan por ser Ortega y Mannheim, presentarán la sociedad como un conjunto (sucesión) de generaciones. A la base de esta “nueva” concepción de la sociedad hay dos elementos principalmente: la traumática experiencia de la Guerra Mundial (vista en el momento como un “error” cometido por los viejos, que supuso el sacrificio de una cantidad de jóvenes desconocida hasta entonces) y la reacción burguesa frente al triunfo de
la revolución soviética, que supuso un movimiento de repliegue tras las generaciones, presentadas entonces como verdadero motor del cambio social, tratando de despojar a la lucha de clases de una pujanza que amenazaría con extenderse por Europa: serían las generaciones los principales actores del cambio social, serían las generaciones las que marcasen las diferencias sociales, por encima de diferencias clasistas al uso hasta el momento. Esta reacción, política, se ve con mayor claridad en Ortega, que sitúa a la juventud en el papel que hasta entonces había tenido el proletariado: la sucesión generacional relevaría a la lucha de clases como motor de la historia, una historia que cambia más en lo cultural que en las relaciones de dominación, esencialmente económicas (y, así, políticas). Será Mannheim, no obstante, quien llame la atención sobre los problemas de agrupar bajo una misma unidad generacional a todos los individuos de una misma edad: la juventud (como ente generacional) no es una definición meramente etánea.
La Escuela de Chicago.
La perspectiva de los autores encuadrados en esta tradición teórico-metodológica conduce a la división en dos ramas del estudio de las subculturas juveniles, que adquieren carta de naturaleza con la obra de Thrasher, pionero en este tipo de estudios, The gang (1927). Ambas ramas compartirían sus presupuestos teóricos de base, diferenciándose únicamente en sus objetos de estudio: la delincuencia por una parte (subcultura delincuente) y la juventud en sí (subcultura juvenil). Obviamente, pueden darse interconexiones entre ambas, al tiempo que se reconoce el progresivo alejamiento de los estudios sobre delincuencia, que acabarán constituyéndose como especialidad sociológica propia bajo la denominación de “Sociología de la Desviación”, vinculada, como decimos, a las distintas subculturas (en forma de producciones discursivas) en torno a los jóvenes (“rectos”, “enderezados”, o “desviados”…).
Paralelamente a lo anterior, se viene produciendo desde el siglo XIX (tomando las ideas reformistas del ser humano del propio Rousseau), en el ámbito de la psicología, un movimiento normalizador de la adolescencia, considerada como un estado natural, dominado por tensiones más instintivas que civilizadas y, por lo tanto, amenazadoras del orden público, demandando una intervención inmediata de parte de los poderes correspondientes.
La definición como universal biológico de esta etapa juvenil, transicional entre los estadios salvaje y civilizado postulados por Rousseau26, va a desviar la atención de la construcción social de los grupos de edad, estableciendo unos estándares, inevitablemente simplificadores, en los que clasificar (compartimentalizar) a la sociedad. Los jóvenes se encuentran en un momento, psico-biológico, marcado por la inestabilidad, al tiempo que carecen del desarrollo (madurez es otro término jactancioso al respecto) para controlarse, lo cual lleva necesariamente a la presencia de un tutor (nombre que reciben también los palos que se emplean para enderezar a los jóvenes árboles que tienden a crecer doblados) que sirva de guía y pueda, en última instancia, estandarizarle.
El estructuralismo.
En 1942, Parsons establece el término cultura juvenil en el firmamento sociológico. En su reflexión, el autor norteamericano habla de una cultura juvenil incipiente, esencialmente distinta a la adulta, con un sistema autónomo de normas y valores, en choque directo con los elementos que rigen el mundo adulto. En la base de esta cultura juvenil, marcadamente hedonista e irresponsable, estarían las tensiones vigentes entre generaciones, impulsadas por el alargamiento de la permanencia en instituciones educativas de los jóvenes, que se alejan así tanto del sistema productivo como de las relaciones de clase, en un movimiento de homogeneización en el interior del grupo etáneo, y de separación con respecto a otras fuentes de división social tradicionales.
No obstante, el hedonismo de esta cultura juvenil (la propia existencia de dicha subcultura) resulta funcional para el sistema, pues favorece la integración, toda vez que apunta hacia las ideas, ya presentes en Ortega, de reproducción social en el marco de una relación adultos-jóvenes en que los últimos son formados por los primeros en las instituciones educativas al uso, después de haberles reconocido, precisamente, su adolescencia, en cuanto a carecimiento (feliz) de responsabilidades y de capacidades para afrontar la situación del mundo (adulto).
Esta perspectiva funcionalista (y culturalista) dominará la producción sociológica sobre la materia en los años cincuenta y sesenta, apoyada en los desarrollos sucesivos en el campo de la psicología. Así, Erikson (1950) planteará la tesis que presenta a la juventud como período de moratoria en la elección de roles e identidad, universal más allá de eventuales diferencias de clases o status, en la que nos detendremos en su momento en apartados sucesivos. La juventud aparece, entonces, a lo largo de todo este período, como grupo unificado, en el que un determinado (y oculto) subgrupo marca la pauta (visible… luego existente) de todos los integrantes: los jóvenes universitarios de clase media. Se obvia la potencia de cambio (más allá del cultural) de la juventud, y se ocultan las diferencias de clase en el interior de este grupo pretendidamente compacto.
Pero pronto surgirán las críticas, que abogarán por resituar la división clasista de la sociedad como epicentro de la controversia, al tiempo que cuestionan la identificación de la juventud como grupo social con entidad propia per se. Desde la teoría del etiquetaje, se señalan los “olvidos metodológicos” en que se han construido los estudios que dan lugar a concepciones como las anteriores sobre la juventud. Por ejemplo, se destaca el hecho de haber realizado las pretendidamente objetivas encuestas de valores jóvenes-adultos con jóvenes internos en psiquiátricos (obviamente, la juventud aparecerá entonces como momento esencialmente turbulento para la psique…). Pero todavía son críticas superficiales, que consideran la división etánea como principal y la clasista como subsidiaria de aquella.
Será en Europa donde la reacción ante el estructural-funcionalismo sea más radical y profunda. La juventud vuelve a ser situada en el seno de una sociedad de clases, en la que las pretendidamente sólidas fronteras con respecto al mundo de los adultos se derriten amalgamando situaciones de edad en el marco de situaciones de clase más amplias. Así tenemos los postulados de autores que se inscribirían en la denominada “nueva teoría subcultural” (como Cohen o Clarke), que emerge en el Centre for Contemporary Cultural Studies de Birmingham. La lucha principal es una lucha de clases, más allá de luchas particulares (batallas dentro de una guerra) en las arenas de las distintas subculturas. Por su parte, en Francia, Bourdieu señala la inexistencia fáctica de la juventud (“es sólo una palabra”), en su línea de esfuerzo por despojar al término de las prenociones que le han venido lastrando desde su origen, y que proyectan una determinada representación de la realidad, siempre aparejada a una relación de fuerzas que va a situar a los denominados jóvenes como dependientes y subordinados. Se trataría de un acto de categorización estratégicamente aplicado dentro del campo de la lucha por el poder, de la reproducción. Lucha (hablar es hacer: definir es marcar divisiones, subordinar) mediada por los distintos tipos de capital (social, cultural, económico…) con que cuenten los contendientes.
Así, se aboga por la inexistencia de una propia “Sociología de la juventud”, derivando el estudio de los diferentes ámbitos implicados (educación, inserción laboral, etc.) a cuestiones por separado en el marco de una lucha discursiva por el dominio en cada contexto concreto.
3. La construcción social de la juventud. Discursos sobre los jóvenes.
La anterior presentación sobre el proceso histórico de conformación de un grupo social autónomo en base a determinadas condiciones demográficas o económicas o del sistema de roles de ciertas sociedades, no es, sin embargo, más que uno de los discursos que sobre la juventud se han desarrollado. En este apartado consideraremos las aportaciones del profesor Revilla al estudio de este fenómeno29, recogiendo una serie de “ítems” que nos resultarán de interés a la hora de abordar el estudio de la publicidad que trata con/sobre los jóvenes, pues, después de todo, la publicidad aparece como elemento configurador, creador, de sujetos, en un proceso en que la ideología juega un papel fundamental. El profesor Revilla ofrece un total de diez discursos, seleccionados entre los muchos que aparecen en la literatura al uso sobre juventud. Todos ellos están en cierta situación de “competencia” (podríamos volver aquí a las disputas paradigmáticas), comparten determinados elementos o están en contraposición radical. En cualquier caso, nuestro afán en este momento es presentarlos, pues dicen mucho sobre lo que la sociedad dice de los jóvenes, al tiempo que pueden rescatar lo que los jóvenes dicen de la propia sociedad o de ellos mismos, insertos siempre en aquélla (¿o será una cuestión de “opiniones y actitudes” como se ha querido enfatizar en los estudios sobre juventud que se han llevado a cabo en este país, y en los que después nos detendremos?) Y decir es hacer33. “En el fondo, lo que se está estudiando en estos discursos es el grado de agencialidad que hemos de conceder a la juventud como sujeto histórico y a cada joven en particular. Esto es, hasta qué punto tienen sentido las explicaciones que sitúan a la juventud como sujeto o como objeto, como agente o como producto de una sociedad”.
El primer discurso que vamos a referir aquí es el ya citado de la construcción histórico-social de la juventud. Como ya recogían Allerbeck y Rosenmayr, la juventud aparecería como una creación propia de la sociedad occidental moderna, apoyada en la constatación llevada a cabo desde la antropología de que las sociedades primitivas carecen de este período de tránsito entre la niñez y la vida adulta. Este discurso ha sido fácilmente adaptado a las demandas de “control” que sobre el segmento poblacional más pujante (pero esto es también otro eventual discurso y, por lo tanto, es otra invención) han ejercido siempre los adultos, los constituidos, los que detentan la autoridad. Diciendo que la juventud es producto de los tiempos que le ha tocado vivir (Corraliza, 1985), se enfatiza el elemento de desamparo de los jóvenes, sujetos necesitados de ayuda, protección o educación, procedente siempre de los adultos. Volvemos a Platón y su didáctica, en la base del surgimiento de la sociología de la juventud, siguiendo el recorrido elaborado por Allerbeck y Rosenmayr, quienes marcan el hito del surgimiento de “la juventud” en el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando se lleva a cabo, impulsado por los Estados Unidos y demás aliados, un esfuerzo de “reeducación” de los jóvenes alemanes, en la idea de que así se evitarán nuevas “desviaciones” con los resultados trágicos conocidos por la humanidad38. Es un discurso ciertamente “perverso”, pues introduce a los jóvenes en su lógica, al desrenposabilizarlos de todo lo que les sucede, aparenta comprenderlos y alimenta su dependencia ad infinitum (no: sólo hasta que la reproducción social esté asegurada)
Relacionado con el anterior (todos los discursos que presentemos estarán inevitable relacionados con todos los demás, aunque sólo sea por tener el mismo referente último), contamos con el discurso de “mitificación de lo juvenil”, ampliamente empleado por los publicistas y, aunque sólo fuera por ello, muy difundido a lo largo de toda la sociedad. Como ya comentamos en el anterior recorrido histórico, la juventud aparece pronto como elemento de equilibrio y, así, de plenitud de lo humano. Los adultos, entrados ya en ese momento vital (curiosamente: a través de la posesión, de la propiedad, frente al carácter esencialmente desposeído de los jóvenes) entendido como de “pérdida” (de lo que no se tuvo), se vuelven hacia los jóvenes, tratando de adueñarse de sus símbolos, de sus modos de vida (Lozano i Soler, 1994: 37-40). Los jóvenes interiorizan este discurso, que les sitúa como centro de un universo, al menos en lo simbólico, hecho a su medida, y cuyo disfrute tiene una cierta fecha de caducidad: la adultez. Pero la “esquizofrenia postindustrial” se cierne sobre ellos en el mundo de “lo real”, lo cotidiano, en el que las expectativas de los jóvenes y las imágenes que de ellos se han construido chocan frontalmente con una posición social completamente subordinada. ¿Cantos de sirena? Veamos al respecto el siguiente discurso, tan próximo a esta situación aquí descrita.
“El hedonismo narcisista” es la denominación que ofrece Revilla para el tercer discurso. La juventud, enfrentada dramáticamente con su realidad objetiva, se encuentra con un discurso que le ofrece volver sobre sí misma, centrarse en el disfrute (insisto: limitado en el tiempo y en el espacio: si te mueves, estás fuera, no sales en la foto: la foto como captura), dejando de lado eventuales “aventuras” de transformación de una sociedad que, después de todo, le sigue idolatrando (en lo simbólico, al menos, en el ámbito de lo ideal). El placer aparece así como criterio moral. El joven, desresponsabilizado en virtud de su posición social y de su propia historia (“la juventud es así”), se presenta como conformista y descomprometido, marcado por un fuerte narcisismo, mediado por el consumo, fuente última de identidad. Pero al tiempo es un discurso ciertamente crítico con los “excesos” (a vueltas con el término medio) de narcisismo, con el temor de los mayores de que los jóvenes (que todavía siguen –y lo demuestran en toda ocasión- en su minoría de edad) no lleguen a estar preparados para la tarea que habrán de desempeñar en el futuro (o, peor aún, que dichos desmanes hedonistas impidan que dicho “proyecto social” pueda realizarse: temor a las drogas, a la obsesión por el sexo…). Hablamos de lo que Gil Calvo (1985) dio en llamar “doble vínculo”, pues al tiempo que se les exigen una serie de responsabilidades a los jóvenes (en el futuro, pero también en el presente, en tanto preparación para dicho futuro), se les deniega la posibilidad de que las contraigan…
“Juventud como agente de cambio social”. Es este, sin duda, uno de los discursos más extendidos en la sociología para referirnos al papel que tiene la juventud en el interior de las sociedades. Parte del concepto de “generación”, tan ricamente explotado en Ortega y Gasset o Mannheim, y recogido también por Allerbeck y Rosenmayr46. Este discurso aparece cercano, aunque pueda parecer contradictorio, al de reproducción social, pues sitúa a los jóvenes como “encargados” de aportar innovaciones al incorporarse al “flujo social”. Será Ortega quien, como recoja Martín Criado (1998: 22-24), otorgue a la juventud este papel de forma primordial, si bien la idea de que la juventud es un sinónimo de cambio, de lo nuevo, está muy presente fuera de la academia, idea que, como recoge Revilla (2001:110), estaría en la base de los momentos de optimismo cuando la juventud es significada positivamente (altruistas, generosos, solidarios…) y de los miedos cuando la caracterización de la juventud se carga de rasgos socialmente negativos (hedonistas, faltos de valores, materialistas…).
Este discurso, que sitúa a los jóvenes frente a la “obligación” de ser los portadores de la innovación, tiene también su parte de desrenposabilización de los adultos con respecto a la “tierra que heredarás”, situando asimismo a los jóvenes frente a la contradicción (el mundo moderno es, como dijimos y diremos, un mundo esencialmente contradictorio) de que se les está exigiendo por una parte que sean transgresores, con iniciativas de cambio, activos; y por otra se les está restringiendo permanentemente esa iniciativa, al tiempo que se trata de “acotar”, de hacer de ella una “conformidad divergente”, en palabras de Allerbeck y Rosenmayr (1979:132). Prometeos del fuego que alimenta la máquina47. La canalización de la transgresión a través del consumo (“revolucionario”, de lo nuevo) aparecerá de forma recurrente en la publicidad.
Los valores de los jóvenes, materia de discusión en las más variadas tribunas de nuestra vida social contemporánea, también están dando forma a un nuevo discurso: el de la contestación juvenil, que plantea la existencia de un corpus de valores propios de los jóvenes-en-tanto-jóvenes, y contrarios a los dominantes en “la sociedad de los adultos”, vista como ajena y hostil por los jóvenes, que la rechazan y buscan formas alternativas de vida. Parece difícil, no obstante, plantear la existencia de una serie de valores que le sean propios a los jóvenes, y totalmente ajenos al mundo adulto (ver precisamente, a tal respecto, la relativamente reciente campaña televisiva de los premios a los “Jóvenes con Valores” de la Fundación La Caixa), si bien los procesos de construcción social de la noción “juventud” (y la publicidad es una importante fuerza a considerar en este sentido) pueden darnos pistas sobre esos “valores recurrentes” a los que nos referiremos, de forma prioritaria, en trabajos posteriores. Los efectos de este discurso sobre la juventud suelen derivar en desprecio, ante una apatía muy distinta al ideal de joven vigente en nuestras sociedades, identificado con el comprometido intelectual de vanguardia del mayo del 68. Los tiempos cambian, las sociedades también, pero los estereotipos muchas veces permanecen y ejercen toda su presión.
La subcultura juvenil. Tradicionalmente, hablar de subculturas juveniles nos evoca en la mente una imagen de cierta marginalidad, de grupos juveniles violentos (hinchas ultras del fútbol, asociaciones de diverso signo que emplean la violencia como medio de expresión, “alborotadores y jaraneros”50…). Esto se debe, a mi entender, en primer lugar a una “predilección” informativa por estos grupos, que son los que interesan a la sociedad (para su control, para la función de temor que necesita todo gobernante o sistema instituido sobre sus ciudadanos), lo que lleva a quedarse con esta rama, sólo una de las dos a las que dieron origen los estudios de la Escuela de Chicago, promotora de la noción de “subculturas juveniles”. La otra, que es la que más nos interesa a nosotros, sería la línea de investigación de la subcultura juvenil como tal: “La juventud sería un colectivo con sus propias modas, preferencias, atuendos, valores, normas y símbolos (…) que definen un grupo homogéneo en cuanto a alternativas culturales (sistemas de significados y modo de expresión y estilos de vida…)”. La subcultura juvenil respondería a la necesidad de los jóvenes de reunirse, como mecanismo de defensa ante las presiones normativas que encuentran en todos los ámbitos de su vida52, y, por lo tanto, es un discurso que enfatiza las diferencias (generacionales, si se quiere) existentes entre padres e hijos, entre jóvenes y adultos. Como prácticamente todos los postulados que radicalizan la ruptura inter-grupal, opera una simplificación (imperdonable) en el interior de cada grupo, con un “joven” que sería, precisamente, uno, un patrón ideal (un “tipo”) al que se habrían de plegar el resto si no quiere estar fuera de esa subcultura, que ahora vemos investida de una fuerza normalizadora (vale decir: marginadora) tan potente como la propia sociedad- nodriza de la que intenta huir (¿a la que intenta enfrentarse?).
Otro discurso que circula respecto a los jóvenes es el que les sitúa como grupo subordinado y discriminado, enfatizando las relaciones de poder, desiguales, vigentes entre jóvenes y adultos, entendidos prácticamente como “clases” en pugna por el dominio, siempre en manos de los propietarios, que establecen diversos mecanismos de “espaciamiento” del disfrute para los jóvenes, en la línea de lo planteado por otros discursos anteriormente expuestos. Expectativa de beneficios futuros, sólo conseguidos a través del trabajo, del esfuerzo, de la formación (término que tampoco es fútil y que deja entrever un marchamo semántico a considerar).
Este discurso tiende a entrar en crisis ante los excesos “juveniles”: los mecanismos de control tienen consecuencias no deseadas, los jóvenes “se pierden” en el laberinto de su subordinación y amenazan (directa o indirectamente) con no reproducir el sistema social, la sociedad se alarma, nuevos diagnósticos, nuevas desviaciones, movimiento de repliegue: políticas de juventud. Obviamente, volvemos a los problemas de definición de lo joven, pues si bien todos ellos se encuentran en posición subordinada con respecto a “sus” mayores, no todos se encuentran en el mismo nivel de subordinación “absoluta”: “las consecuencias de su inferioridad distan mucho de ser equivalentes” (Revilla, 2001:114).
Elemento siempre presente al hablar sobre juventud es el tema de la “identidad”, cuyo principal impulsor académicamente fue Erikson (1968, 1972), quien postulaba que la juventud, ese período vital (definido en cualesquiera términos), es un momento crucial en el desarrollo personal del sujeto, que ha de llevar felizmente a cabo la integración de su pasado infantil y su proyecto de vida adulta, para lo cual se le concede una moratoria socialmente reconocida, en la que puede “experimentar” diversos roles hasta que encuentre “su lugar en el mundo”. No obstante, este discurso tiende a cargar las tintas sobre la situación de precariedad personal, de “confusión”, en que viven los jóvenes, marcando compartimentos estancos en algo que, como siempre, es mucho más complejo (Revilla, 2001:115). El joven deja de serlo, pero en su vida (adulta ya) siguen produciéndose cambios de identidad (qué decir ya de eventuales –seguros- cambios de rol…), más allá de la moratoria socialmente aceptada (a vueltas con la desviación, la ocultación… la vida social cotidiana).
Como reacción a los discursos homogeneizadores de la juventud en su conjunto, aparece el discurso de la diversidad juvenil, que enfatiza la pluralidad (e incluso la contradicción) existente entre los distintos mundos juveniles. Diversidad que se manifiesta en términos de clase social, de trayectorias vitales de transición a la vida adulta, de posición en la escala profesional, etc. Se trata de un discurso fragmentador, que pondría en entredicho todos los discursos antes presentados, y que, en ese sentido, desposee a la juventud tanto de los rasgos negativos que le han sido atribuidos como, también, de la capacidad reconocida de innovación, de cambio.
Por último, el discurso que probablemente más incidencia tenga sobre nuestras sociedades actuales, el que presenta a la juventud como un período de transición a la vida adulta. Abundantes son los trabajos que han abordado el fenómeno, ya sea en general o desde diversos planos de dicha transición (frecuentemente: la incorporación al mundo laboral). La juventud se entiende aquí como lapso en que se encuentra el joven mientras adquiere, progresivamente, responsabilidades adultas55. Transición vital que, finalmente, siempre se fundamenta en una adecuada transición socio-laboral. El trabajo, siempre oculto, clave de nuevo, como elemento de identidad, como medio para el consumo (también identidad…), como forma de vida.
4, La investigación sobre los jóvenes. Problemas metodológicos (y epistemológicos).
En este apartado, eminentemente metodológico, se pretende llevar a cabo una breve revisión de las técnicas más comúnmente empleadas en la sociología de la juventud. Dejamos para el apartado posterior la revisión de los estudios que sobre esta materia se han llevado a cabo en el contexto español, para centrarnos en un ámbito más general, toda vez que comparte las mismas prescripciones metodológicas, siempre vinculadas a la propia historia de la sociología (elemento crucial éste: la evolución de la propia disciplina afecta, invariablemente, a lo estudiado: al cómo, al qué, al por qué…).
El rasgo fundamental a destacar aquí es el predominio, casi exclusivo, de los estudios basados en encuesta, desde el origen de la investigación sobre los jóvenes (“Monocultivo de estudios encuesta”, Díaz, 1989: 10). Esta técnica, sistemáticamente torpedeada después desde otros planteamientos metodológicos (identificándola, en un exceso tal vez, con el paradigma positivista o post-positivista hegemónico durante mucho tiempo en sociología pero en crisis, “herido de muerte”, en la actualidad), predominará en los estudios sobre juventud llevados a cabo tanto en España como en el resto de países donde este tipo de “problemática” es considerada objeto de interés sociológico. La pretendida “objetividad” ofrecida por esta técnica decía garantizar la fiabilidad y validez de los datos aportados para el conocimiento del universo juvenil, conocimiento que siempre vela una pretensión de control (hablamos, al fin y al cabo, como dijimos antes, de un “problema”).
Allerbeck y Rosenmayr, en su obra primigenia, ya cuestionaban la utilidad de este tipo de metodología en el estudio de un fenómeno tan lábil y flexible como la juventud. La encuesta (siempre transversal, sincrónica), presentaba, según ellos, una serie de “inconvenientes” que podían desaconsejar su empleo.
Señalamos con anterioridad la problemática acotación del término joven, en virtud de una serie de características (biológicas o sociales, culturales), que dificultaban sobremanera agrupar este colectivo. Dicho agrupamiento, dicha acotación del universo de estudio, es un primer paso fundamental de la encuesta, en aras de asegurar la “representatividad” posterior de la muestra extraída de esa población total (por definir, o definida “subjetivamente” –y de forma distinta- en un determinado momento, sociedad, o equipo investigador). Superado (o cuando menos abordado y solventado en base a una definición u otra del fenómeno “juventud”) este momento, el investigador cuantitativo se enfrenta a los problemas de representatividad de la muestra seleccionada.
Aquí, Allerbeck y Rosenmayr enfatizan la altísima movilidad y situación esencialmente cambiante en
que se encuentran los jóvenes. Los listados de jóvenes (se definan como se definan: atendiendo a su estado civil, o a su relación con el mundo productivo, o sencillamente a su edad biológica) registran permanentes entradas y salidas, dificultando los procedim ientos de selección al uso en otros ámbitos de estudio sociológico.
Encuestarlos en centros institucionales, donde estén recluidos de algún modo (colegios, cuarteles, etc.)
presenta posibles sesgos que han de ser tomados en consideración. La tentación de abordar una población considerada fácilmente accesible debe ser sometida a todos los controles de disciplina metodológica (la tan manida “vigilancia epistemológica” de Bourdieu et al., 1976) exigibles en otros estudios sobre otros colectivos sociales. Evidentemente, los problemas tradicionalmente alegados sobre la metodología de encuesta permanecen presentes en la investigación que tomando esta técnica se realiza sobre los jóvenes. Así, los problemas de operacionalización o de honestidad en la respuesta han de ser también considerados en este punto, amén de la propia historia social, que incide sobre las respuestas registradas en un momento concreto (la deseabilidad social de las respuestas puede ser un tema a tener –temer- muy en cuenta cuando se trabaja con jóvenes), pero también sobre la eventual comparación de éstas con otras (por muy iguales que fueran, que no parece ser el caso de los estudios de juventud) obtenidas en otro período socio-histórico distinto.
Ante los pretendidos desmanes de la investigación mediante encuesta, se ha venido abogando (no sólo, insistimos, en la sociología de la juventud) por el empleo de otras técnicas (sustitutivas o complementarias, según el grado de radicalidad del promotor) para conocer la realidad del mundo juvenil60. En este sentido, los autores a los que estamos tomando como guías en esta crítica (Allerbeck y Rosenmayr), señalan la posibilidad de recurrir a la observación (participante), y el análisis documental (los autores distinguen aquí, como técnica propia, el análisis de contenido, que se realizaría sobre “diarios íntimos” de los jóvenes. Opto por incluirlo junto a análisis de documentos personales, en consonancia con lo expuesto por otros autores). Sea como fuere, la recomendación siempre es la misma: un fenómeno complejo requiere un abordaje metodológico (era: “paradigma”) complejo.
5. Los estudios sobre juventud en España. Perspectiva histórico-metodológica.
Con los citados problemas de acotación de la noción de “joven”, con el predominio casi exclusivo de la metodología cuantitativa de encuesta, con las necesidades coyunturales del momento tras la búsqueda de información sobre un fenómeno que cobraba fuerza y se constituía en novedoso “problema” (en este caso sí en la versión tradicional del término, en el seno de un ordenamiento social de tipo dictatorial), cabe situar el inicio de la investigación sobre juventud en España en 1960, año en el que se cierra el pionero estudio sobre “Presupuestos mentales de la juventud española”, encargado y planteado por la Delegación Nacional del Frente de Juventudes, que recibirá la denominación posterior de “I Encuesta Nacional”, cuya continuación se irá produciendo de forma más o menos discontinua, sin periodicidad clara, hasta fechas bastante más cercanas a nuestros días, en una sucesión de encuestas o estudios que han tomado diferentes problemáticas vinculadas con los jóvenes en función del momento histórico concreto y en función, también, de la entidad que financie o encargue el estudio en cuestión. Junto a todo esto, los diversos y sucesivos estudios también han experimentado cambios (lógicos, por lo demás) a partir de la propia experiencia investigadora, y a partir de las diferentes definiciones que se han hecho de ese concepto “un tanto movedizo que se fijó progresivamente” que es la juventud o los jóvenes.
En una primera visión de conjunto, la acotación del campo ha tendido a una extensión del intervalo temporal considerado, siempre iniciado en 15 años de edad, pero que pasa de 20 (o aun 25) a 29 en el extremo superior en las investigaciones llevadas a cabo más recientemente63. El equilibrio de sexos entre los encuestados es algo que sólo se ha conseguido desde finales de los sesenta64, mientras que en lo referente al ámbito territorial de las sucesivas “oleadas” de encuesta65 se observa una falta clara de sistematicidad, con omisiones recurrentes a Ceuta y Melilla (que sólo entran en la última encuesta realizada hasta el momento: 2004), algo menos recurrentes a Canarias, y con ausencias muy significativas de ciertos territorios peninsulares, sin que se observe una normalización clara de esta cuestión hasta los últimos estudios llevados a cabo.
En general, podemos distinguir, siguiendo la periodización realizada por Sáez (1995: 162 y ss.) tres grandes períodos en la investigación sociológica en torno a los jóvenes. Así, tendríamos un primer momento, que cubriría los últimos quince años del régimen franquista (1960-1975), una segunda etapa (1975-1982), que coincidiría con el proceso que se ha denominado transición democrática, y una tercera etapa que abarcaría desde 1983 hasta la “actualidad”, etapa de consolidación de los diseños y las políticas de juventud incipientes en momentos históricos anteriores. Sáez detiene su análisis en 1990, pero la tendencia posterior a esta fecha no ha sido sino la ya apuntada para dicho momento: una progresiva normalización de las investigaciones sobre juventud realizadas en este país, que comienzan a ceñirse a una serie de “protocolos de actuación”, estandarizándose la periodicidad, ámbitos de aplicación, procedimientos de muestreo, etc., si bien se recoge el carácter, ciertamente novedoso, que supuso el informe de juventud en España derivado del trabajo de 1992, que constituye un hito de la investigación sobre juventud en nuestro país, pues supone un trabajo de profunda elaboración metodológica, llevado a cabo por dos reputados metodólogos como son los profesores M. J. Mateo Rivas y M. Navarro López (1993), quienes dedican un volumen completo de los catorce que finalmente se obtuvieron (diez de los cuales son de datos y tablas) a aspectos de “Metodología”66, amén de un extenso capítulo metodológico (que no anexo) en el propio informe “nodriza” a que da lugar esta encuesta. Recogiendo la dispersión previa, se sistematizan los procesos, sentando las bases definitivas por las que después discurrirán las sucesivas operaciones de encuesta que habrán de dar origen a los distintos Informes de Juventud producidos en España después de ese año 1992.
No es este lugar para detenerse en un análisis pormenorizado de cada uno de los estudios que sobre este particular se han llevado a cabo en España (tema este objeto, también, de otro artículo en preparación) desde que en 1960 se llevara a cabo el trabajo germinal del equipo de Linz, que no vería la luz hasta ¡dieciséis! Años después (1976 en la Revista del Instituto de la Juventud). Remitimos al texto del propio Sáez, o a otras revisiones análogas, para una cronología detallada de los estudios de juventud efectuados en este país. Nosotros anotamos aquí, únicamente, la constatación de que los jóvenes (reales o “construidos”) adquieren carta de entidad sociológica propia en nuestro país, contando hoy con unos estudios sobre “su mundo” que les sitúan como actores (de ciudadanía y de consumo… más de consumo, es la tesis) en el seno de una sociedad, como la española (pero no sólo), sujeta a intensos cambios en las últimas décadas68. Como titula Corraliza (1985: 9), “Los jóvenes, ¿víctimas o amenaza?”. Del problema social a las políticas de juventud. El jaranero, el ciudadano, el parado, el drogadicto… el consumidor.
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