lunes, 16 de agosto de 2010

EL POETA Y EL FILÓSOFO

EL POETA Y EL FILÓSOFO
Yo no soy el filósofo.

El filósofo dice: Pienso... luego existo.

Yo digo: Lloro, grito, aúllo, blasfemo... luego existo.

Creo que la Filosofía arranca del primer juicio. La Poesía, del primer lamento.
No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo
del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!

¡Ay!

Éste es el verso más antiguo que conocemos. La peregrinación de
este ¡Ay! por todas las vicisitudes de la historia, ha sido hasta hoy la
Poesía. Un día este ¡Ay! se organiza y santifica. Entonces nace el
salmo. Del salmo nace el templo. Y a la sombra del salmo ha estado
viviendo el hombre muchos siglos.

Ahora todo se ha roto en el mundo. Todo. Hasta las herramientas del
filósofo. Y el salmo ha enloquecido: se ha hecho llanto, grito, aullido,
blasfemia... y se ha arrojado de cabeza en el infierno. Aquí están
ahora los poetas. Aquí estoy yo por lo menos.

Éste es el itinerario de la Poesía por todos los caminos de la Tierra.
Creo que no es el mismo que el de la Filosofía. Por lo cual no podrá
decirse nunca: éste es un poeta filosófico.

Porque la diferencia esencial entre el poeta y el filósofo no está, como
se ha creído hasta ahora, en que el poeta hable con verbo rítmico,
cristalino y musical, y el filósofo con palabras obstrusas, opacas y
doctorales, sino en que el filósofo cree en la razón y el poeta en la locura.

El filósofo dice:

Para encontrar la verdad hay que organizar el cerebro.
Y el Poeta:

Para encontrar la verdad hay que reventar el cerebro, hay que
hacerlo explotar. La verdad está más allá de la caja de música y del
gran fichero filosófico.

Cuando sentimos que se rompe el cerebro y se quiebra en grito el
salmo en la garganta, comenzamos a comprender. Un día
averiguamos que en nuestra casa no hay ventanas. Entonces
abrimos un gran boquete en la pared y nos escapamos a buscar la luz
desnudos, locos y mudos, sin discurso y sin canción.

Además, los poetas sabemos muy poco. Somos muy malos
estudiantes, no somos inteligentes, somos holgazanes, nos gusta
mucho dormir y creemos que hay un atajo escondido para llegar al saber.

Y en vez de meditar como el filósofo o de investigar como los sabios,
ponemos nuestros grandes problemas en el altar de los oráculos o
dejamos que los resuelva aleatoriamente una moneda de diez
centavos.

Y decimos, por ejemplo: Puesto que no sé quién soy... que lo decida
la suerte.

¿Cara o cruz?

León Felipe, Del poeta maldito (1944)

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